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Dentro del área expresiva, el lenguaje plástico es quizá la actividad más frecuente en la vida escolar.

    No obstante ello, las cargas horarias y las oportunidades de su realización, no son las más adecuadas para el desarrollo de esta disciplina. La formación docente es insuficiente y las inspecciones prestan poca o nula atención a esta actividad.

    Su presencia se visualiza, en forma relámpago, ante “concursos” de firmas comerciales, de dudoso valor y donde la mano adulta se hace ostensible. La motivación es competir por algún bien material, pasando a un plano inferior el placer de descubrir, de crear, de comunicación humana.

    En este panorama, en la práctica de la actividad artística,  la articulación del sentir, del hacer y del pensar es posible, y se configura como base de una educación integral.

    Por medio de sus pinturas los niños evidencian sus emociones, su intelectualidad, sus vivencias y también cuanto incide el entorno en su mundo interior.

    Esta práctica se transforma, con una metodología adecuada, en instrumento que promueve autonomía y conocimiento de sí mismo.
    Es la huella visible que deja el ser humano sobre la tierra, transmitiendo ideas que no puede realizar con otros lenguajes.

    El niño en un clima de investigación y exploración va descubriendo nuevas realidades, hasta ahora desconocidas, permitiendo ver y construir una nueva realidad que trasladada a su entorno, le permite incorporar nuevas posibilidades de organizar su mundo.

En esta disciplina, la forma, el color, la textura, la luz, el espacio, etc. son aspectos básicos de la actividad gráfico-plástica, son su materia prima. La investigación empleando estos elementos va a ir construyendo las dinámicas del proceso creativo.
Estos aspectos, pueden ser transmitidos en forma experimental, por medio de lo lúdico o en forma conceptual, de acuerdo a las edades, pero también, y lo que es fundamental en relación a la etapa del proceso estético en que se encuentra el participante.

El desarrollo de los sentidos es otro tópico a considerar. El tacto, el oído, la vista son básicos para el desarrollo creativo. Es la forma de aprehender el mundo circundante. El término: “Lo que no percibimos, no existe”, resume su importancia.
En este capítulo, se incluye la promoción de la observación como elemento metodológico.
La capacidad de ver elementos estructurales, relaciones y diferencias de objetos y fenómenos, actuando en el entorno espacial y vincular, nos irá introduciendo  en el concepto de formación estética.
Para ello, descartamos una mirada pasiva, sí, por medio de ella el desarrollo del análisis crítico.
Cuando hablamos de formación o educación estética estamos expresando, la captación por medio de la observación atenta, de valores que proyectan las cualidades, atributos y características de fenómenos y objetos, así como las múltiples actividades del mundo que nos rodea percibidos por nuestros sentidos, (empleando nuestra capacidad crítica y el filtro de nuestros sentimientos), hecho que nos hará inclinar hacia la verdad o lo falso, el bien o el mar, la belleza y fealdad, de acuerdo a nuestra propia escala de valores.

En otro orden cuando en el taller observamos al niño, ante un ejercicio, como por ejemplo construcciones, éste: compara, resume, agudiza la observación, clasifica, interpreta, imagina, percibe caminos y toma partido por uno de ellos, aspectos que desarrolla su capacidad de pensar y establecer hipótesis.

Todos estos elementos promueven en el hacer, el desarrollo de su personalidad, aspecto que no sólo se producen en el taller, sino que se traduce en su entorno más cercano.

Un último aspecto pero no menor es el encuadre de aula que provocará el docente. Por medio del mismo deberá propiciar, la libertad expresiva, la valoración del trabajo propio y del otro, una postura abierta y de respeto, actitud de escucha y participación, procurando detectar los intereses de los niños.

Una reflexión específica nos merece el niño que asiste a Escuelas de Contexto Crítico.
En su mayoría estos niños tienen una difícil experiencia. Su vida se mueve en el una compleja red social que se integra por la calle, la familia, la escuela, los hogares, las instituciones. En cada uno de estos puntos, la actitud del niño cambia como actor social.
Desarrolla en todos ellos una estrategia de supervivencia,  donde prevalece la satisfacción de sus necesidades individuales, y que pasa por el autoabastecimiento, el egocentrismo y su  escasa capacidad de espera. Muchas veces es enfrentado a situaciones de violencia. Estos aspectos se repetirán seguramente en el aula-taller.
    La desconfianza esta presente en su vínculo con el otro. Callar sus experiencias negativas de vida, no mostrar sus sentimientos, es no mostrar sus aspectos débiles de su personalidad.
    Es posible que hayan sido abandonados y temen que este hecho se repita.
    Les cuesta verbalizar estas situaciones y es en el taller de plástica donde, conciente o inconscientemente, saca afuera, descarga sus frustraciones.
    Generar entonces un clima de confianza, no sólo en lo expresivo, sino también en lo relacional, permite que abra sus vivencias y sentimientos, provocando la reflexión y fortaleciendo la autoestima.
    Los lugares en que vive, muchas veces son colectivos, donde los límites de uno se confunden con el otro. No existe un espacio personal, todo es compartido.
    A medida que este niño, se va incluyendo en la dinámica del aula-taller y se hace conciente de sus posibilidades, al poder expresarse libremente y sin trabas: pintando, modelando o haciendo construcciones, se va afirmando. No están presentes los aspectos curriculares con lo que tropezó innumerables veces, sus soluciones plásticas pueden compararse satisfactoriamente con el resto de sus compañeros.
    Al ir poblando este espacio con su obra, lo hace suyo. Va construyendo un mundo donde se deposita parte de el, donde tiene un espacio propio, reconocido por él y aceptado por los demás.
    El aula-taller es entonces un espacio físico reconocible, que le da protección.
    Su obra modifica, personaliza el espacio, pero a su vez va construyendo una estructura relacional con sus pares, diferente, en un ambiente de bienestar, seguridad, confianza, respeto por el trabajo, donde la afectividad fluye, donde lo diferente es aceptado.
    Esta práctica favorece su crecimiento, tanto intelectual como sensible y creativo, que posibilita el hacer y afirma su personalidad, visualizando mundos mejores.


Salomón Azar

          
©2006 Salomón Azar



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